El denominado “transfugismo” político, que no significa otra cosa que traicionar la voluntad popular que elige a un representante de una lista de un partido político y éste, apelando a intereses exclusivamente personales, negocia públicamente su cambio de agrupación política, se ha convertido en una modalidad ya no tolerada sino completamente aceptada.
Pese al nuevo código de tránsito, los taxistas y “microbuseros” siguen atropellando derechos y personas con la mayor impunidad, estando la coima aún lejos de ser extirpada en la relación policial. Pero, hasta cuando nos enteramos que un jugador referente -como se les llama-, pasa de un equipo de futbol al otro que es el adversario eterno, a cambio de dinero ¿cuál es el mensaje que se transmite a los niños y jóvenes?, para continuar con casos deportivos, cuando un jugador comprometido en un crimen y que actúa con libertad condicional, se convierte en el capitán del equipo, es decir, en su representante ¿cuál es el mensaje que va a su comunidad? (al escribir estas notas este señor es encarcelado por presuntamente herir a un menor con arma de fuego!). ¿Es que acaso la moralidad no es un tema elemental para la convivencia humana, que debe permear sus diferentes dimensiones y, a la vez, constituir un factor fundamental para el mantenimiento del propio sistema democrático?